rafael landea
 

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El 18 de julio de 1573, un tribunal de la Inquisición citó al artista Paolo Caliari– “Veronese”-  para que rindiera cuentas acerca de su representación de ‘la última cena’ emplazada en una de las paredes  del refrectorio del convento Santi Giovanni e Paolo, en Venecia. Ese día, la enorme tela, que había sido  gestada por encargo – y, es de suponer,  bajo supervisión- de los dominicos a un artista de prestigio que, además, ya había retratado otras tantas reuniones similares,ocupa el centro de la escena.  Ha llegado hasta ahí merced a una cantidad de detalles y personajes que se desmarcan groseramente del manual de estilo consensuado por la época para una de las escenas bíblicas más representadas en la pintura de todos los tiempos: la Última Cena.


La Historia cuenta que ese día el pintor enfrentó al Tribunal, defendiendo ardorosamente su libertad creativa y negándose a modificar la obra,y que, finalmente, el asunto  quedó saldado con un cambio de nombre: La Última Cena pasaría a ser a partir de entonces Una comida en la casa del señor Levi. Una pena leve, teniendo en cuenta que, al fin y al cabo Veronese logró esquivar la hoguera, pero centrada en un direccionamiento rotundo  acerca de qué había que ver en aquella tela, refrendado mediante la introducción del título en la escena -escrito en un pedestal a la derecha de la composición-, un gesto bastante inusual para la época.


De esa manera y durante varios siglos, ese 18 de julio de 1573 será también el día de nacimiento de un mito, o un ejemplo más en una larga historia: el del pintor como héroe romántico, que desafía a los “malos” y logra salir bien parado,  blandiendo ante ese poder aplastante una fuerza etérea, atemporal y despojada de ataduras materiales: el Arte (en mayúsculas).  Como queda registrado en las actas del juicio, dice Veronese:
“(…) nosotros los pintores […] nos tomamos las mismas licencias que se toman los poetas y los locos (…)”

Ese aura de desparpajo trasciende, también, a través un cómic de Milo Manara, o la poesía deHans Magnus Enzensberger, quien recrea una suerte de monólogo interior de Veronese antes, durante o luego de esta escena de Juicio, y consolida el mito  introduciendo la rebeldía última del artista: “…de todos modos, nadie sabe cuál es el valor de esta obra.”

Sin embargo, aquella escena será revisitada por distintos historiadores. Se escribirán libros, tesis y papersque permean y resquebrajan mediante una serie de preguntas la historia oficial consensuada hasta entonces.


¿Qué pasó en verdad aquel 18 de julio de 1573? ¿En verdad se debatía  la herejía de situar a un perro o  a un señor con un mondadientes compartiendo escena con Nuestro Señor Jesucristo ( y 52 personas más)? ¿Qué era lo que se estaba discutiendo en realidad? 


Algunos investigadores aventuran respuestas: quizá este interrogatorio fue solo una excusa, una pantomima montada para dirimir cuestiones de poder entreórdenes religiosas y dejar en claro ante Roma cuál de todas ellasportaba la mano de hierro necesaria para disciplinar y encarrilar la misión divina alineada con los intereses del poder central durante la Contrarreforma.


Y entonces, si suponemos que esta pulseada entre congregaciones  fue la verdadera razón de ser de este interrogatorio, ¿estuvieron alguna vez la obra, el pintor o su tan mentada osadía en el centro de la escena?


Es a partir de estas relecturas que surge el deseo de volver a la obra- en definitiva, lo que perdura- paracontemplarla,atravesada por estos y otros interrogantes y como resultante de estos conflictos. En un sentido más amplio, se trataría también de observar  la interacción arte/mercado/poder/contexto histórico en nuestros días  y la manera en que ese entrelazado en perpetuo movimiento afecta a los realizadores contemporáneos.


Esta serie de cuadros se titula Sábado 18 de Julio, 1573, día en que obra, pintor, y los poderes de la época se dieron cita en una encrucijada histórica. Y de ese día Landea toma ese lienzo enorme y lo somete a distintas contingencias e inclemencias, como si viajase en el tiempo y el espacio, y lo enfrenta a diversas tribus de gentes que se relacionan con él en contextos más allá o más acá del cristianismo. Otras culturas, otras civilizaciones, otros seres de ignotas sociedades, o en simultáneo en otro ‘plano físico’ se enfrentarán a la obra. ¿Qué verán ellos?


Así , “Una cena en la casa del Señor Levi” hará las veces de una ciudad abandonada cuyas construcciones perdieron el sentido primigenio, una ciudad alterada por el tiempo y las contingencias, una ciudad que es visitada por nuevos seres que la observan, recorreny se relacionan con ellade un modo enteramente inédito. O no.

Analía Farjat